
Baron fue ese gato que se instalaba en nuestro regazo apenas nos sentábamos, ronroneando como un motor viejo que conocía todos nuestros secretos y ritmos. Durante diez años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: perseguir un rayo de sol, esperar pacientemente a que alguien abriera una puerta, y recibir caricias en ese punto exacto entre las orejas que lo volvía loco de dicha. La casa entera se quedó más silenciosa el día que Baron se fue, porque ese ruido de sus patitas trotando por los pasillos y esa presencia tranquila que llenaba cada rincón eran parte del aire que respirábamos todos acá.
Diego A.
24 de junio de 2026
Llorando con ustedes desde lejos. Un beso.