
Baron fue nuestro pequeño guardián de alegrías cotidianas, ese que nos esperaba cada tarde junto a la puerta con su forma particular de saludar, moviendo todo el cuerpo como si cada regreso fuera el primer encuentro. Vos sos el que nos enseñó que la felicidad podía caber en gestos simples, en esas corridas sin rumbo por el patio y en la manera en que insistías por acostarte entre nosotros en las noches de tormenta. Dejaste un silencio en casa que todavía duele, ese vacío que aparece cuando falta alguien que formó parte del ritmo diario de nuestra familia, y que nos enseñó, sin palabras, qué significa amar sin condiciones.
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