
Bella llenaba nuestras mañanas con sus trinos alegres y ese hábito de saltar de rama en rama mientras nosotros tomábamos mate, como si quisiera ser parte de cada conversación. Te acuerdas de cómo se posaba en tu hombro y te picoteaba suavemente el lóbulo de la oreja, su forma particular de decirnos que nos quería. Se fue en 2020 y desde entonces la casa suena diferente, más silenciosa, porque no hay nada que reemplace esa presencia viva que te obligaba cada día a estar atenta y a sonreír sin motivo.
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