
Beto fue el dueño verdadero de nuestra casa, ese que elegía dónde dormía cada uno de nosotros y nos miraba desde la ventana como si supervisara que el barrio funcionara correctamente durante sus siete años junto a nosotros. Te acordás de cómo esperaba sentado en la puerta cada vez que alguien llegaba, como si fuera el recepcionista de la familia, y cómo después se iba tranquilo a su rincón sabiendo que todos estábamos de vuelta. Lo que más duele es el silencio donde estaba el sonido de sus pasos, esa ausencia que se siente en cada rincón que vos recorrías sin apuro, sabiendo que alguien te estaba observando con esa atención que solo vos tenías.
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