
Beto llegó a nuestras vidas en 2018 y durante catorce años nos despertó cada mañana con su entusiasmo inquebrantable, recorriendo la casa para asegurarse de que todos estuviéramos bien antes de empezar su día. Tenía esa particularidad de sentarse junto a vos mientras cocinabas, expectante pero respetuoso, y de dormir siempre en el mismo rincón de la sala donde podía vernos a todos a la vez, como si quisiera estar presente en cada momento que compartíamos. Cuando Beto se fue en 2032, dejó un silencio diferente en casa, ese tipo de ausencia que duele porque durante catorce años acostumbramos nuestras rutinas a sus pasos, sus suspiros y su manera particular de amarnos sin pedir nada a cambio.
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