
Beto fue ese perro que te esperaba en la puerta cada vez que llegabas, saltando de alegría como si hubiera pasado una eternidad, y que se acostaba a tus pies sin necesidad de pedir permiso porque sabía que ese era su lugar en el mundo. Te enseñó a vos y a toda la familia que la felicidad podía encontrarse en las cosas más simples: una pelota vieja, una caminata por la cuadra, o simplemente estar cerca de las personas que querés sin hacer nada especial. Se fue dejando un silencio extraño en la casa, esos momentos donde automáticamente mirás hacia donde él dormía o esperás escuchar sus pasos, y comprendés que los dieciséis años que compartimos con Beto fueron los más ricos que pudimos haber tenido.
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