
Beto llegó a nuestras vidas en 2017 y durante dieciséis años fue ese ser que esperaba en la puerta cada vez que salíamos, que dormía en el rincón de la cocina mientras cocinábamos y que sabía exactamente cuándo necesitábamos su cabeza apoyada en nuestras rodillas sin que le dijéramos nada. Sus mañanas eran siempre iguales: recorría cada rincón de la casa como si fuera la primera vez, husmeaba el patio con la misma curiosidad de cuando era cachorro y se sentaba al sol en ese mismo lugar donde pasó miles de tardes con nosotros. Se fue en 2033 dejando un silencio que nunca esperamos, ese vacío en la rutina diaria que solo entiende quien tuvo a alguien así cerca durante toda una vida, y aunque ahora la casa es más grande sin él, sus huellas siguen siendo el camino que recorremos todos los días.
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