
Beto tenía esa costumbre de seguirte por toda la casa sin perderte de vista, como si fuera su responsabilidad cuidar que no te perdieras en el camino. Sus tardes eran las nuestras: esperaba ansioso el momento en que nos sentábamos en el patio para estar cerca, pidiendo caricias con ese gemidito suave que solo él sabía hacer. Desde que se fue en 2019, la casa quedó más silenciosa y los rincones donde dormía se sienten extrañamente vacíos, pero cada recuerdo suyo nos devuelve esa paz que nos daba solo con estar ahí.
Valeria G.
6 de agosto de 2026
Siempre en el corazón de quien te amó.