
Blanquita llegó a nuestras vidas en 2011 y durante ocho años fue la razón por la que nuestras tardes tenían ritmo, saltando por la casa y pidiéndonos que le diéramos lechuga como si fuera lo más urgente del mundo. Vos tenías esa forma de acurrucarte en las piernas mientras mirábamos tele, ronroneando como si supieras exactamente cuándo necesitábamos tu calma, y esos ojitos atentos que parecían entender todo lo que pasaba en casa. Te fuiste en 2019 dejando un silencio raro en las mañanas, ese hueco de no escuchar tus saltitos en la cocina pidiendo desayuno, pero la alegría que nos diste no se fue con vos.
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