
Blanquita sos la que nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples, en ese rincón soleado de la ventana donde te acurrucabas cada tarde y nos mirabas con esos ojos que decían todo lo que necesitabas. Te acordás de cómo insistías en dormir sobre nuestros libros cuando queríamos leer, o cómo ronroneabas mientras nos acariciabas la cara al amanecer, como si fuera tu forma de decirnos que el día valía la pena. Desde que te fuiste en 2013 dejaste un silencio en la casa que seis años de vida lograron llenar completamente, y seguimos escuchando tus pasos en los pasillos y sintiendo ese peso tranquilo que traías a nuestros días.
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