
Blanquita fue esa presencia constante que nos recibía cada vez que llegábamos a casa con una alegría sin medida, moviendo la cola como si celebrara el milagro de vernos de nuevo después de horas. Te gustaba instalarte en el rincón del living donde entraba el sol de la tarde, y ahí te quedabas observándonos con esos ojos que parecían entender todo lo que decíamos sin necesidad de palabras. Dejaste un vacío en las rutinas diarias, en esas caminatas silenciosas por el barrio y en la costumbre de sentir tu peso tibio apoyado en nuestros pies mientras mirábamos televisión.
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