
Bobby fue nuestro gato durante dieciséis años y en ese tiempo nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples, como ronronear en el regazo mientras mirábamos televisión o seguirnos de cuarto en cuarto con esa curiosidad que nunca perdió. Era de esos gatos que tenía sus propios horarios y caprichos, que se despertaba a las cinco de la mañana para reclamar comida como si fuera un derecho humano y que nos hacía reír con sus formas únicas de pedir atención, desde maullidos dramáticos hasta esas cabezaditas suyas que nos derretían. La casa quedó demasiado silenciosa cuando te fuiste, Bobby, y aunque pasó el tiempo nos seguís sorprendiendo en esos momentos donde escuchamos el sonido que hacías al saltar, o cuando alguno de nosotros se acuerda de alguna de tus rarezas y sonríe sin poder evitarlo.
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