
Bobby nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: esperarnos cada tarde en la puerta con ese salto inconfundible, perseguir las hojas que el viento traía al patio y dormir acurrucado en los pies de la cama como si fuera el lugar más importante del mundo. Con ese temperamento inquieto que te hacía reír incluso en los días grises, Bobby encontraba la manera de colarse en cada rincón de nuestra casa y de nuestros corazones, dejándonos sus juguetes esparcidos como pequeños recordatorios de que alguien había vivido aquí plenamente. Desde que se fue en 2022, la casa respira diferente: el silencio en el jardín duele, nadie nos recibe en la puerta y las rutinas que armamos alrededor suyo se sienten incompletas, pero cada tanto sentimos que vuelve en esa ráfaga de viento que mueve las hojas igual que antes.
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