
Bobby fue nuestro despertador viviente, ese que nos obligaba a salir a caminar cada mañana sin importar el clima, y que luego se acurrucaba en el sofá como si hubiera corrido una maratón en los tres cuadras de la manzana. Tenía esa manía de seguirnos de cuarto en cuarto, como si temiera que desapareceríamos, y se acomodaba exactamente donde estábamos, aunque fuera solo para mirarnos mientras preparábamos la comida. Ahora la casa es demasiado silenciosa en las tardes, y ese rincón de la cocina donde esperaba migajas quedó vacío de una forma que no sabemos cómo llenar.
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