
Bobby fue nuestro despertador viviente durante diez años, ese perro que saltaba a la cama cada mañana con una energía que no pidió permiso y que nos obligaba a levantarnos aunque fuera domingo. Te acordás de cómo se tiraba al piso cuando llegábamos a casa, pataleando como si no nos hubiera visto en años, aunque solo habíamos salido a comprar el pan a la esquina. Quedó un silencio raro en la casa sin tus rasguños en la puerta, sin ese jadeo que hacías mientras dormías en el sofá, sin tu forma de exigir caricias a las tres de la tarde como si fuera un derecho adquirido.
Sé el primero en dejar un mensaje