
Boby llegó a nuestras vidas en 2013 trayendo esa alegría inquieta de quien descubre el mundo saltando de rama en rama, cantando sus melodías al amanecer y robándose las migas de nuestro desayuno con una picardía que nos hacía reír todos los días. Durante cinco años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: en el baño de sol de la tarde, en picotear frutas frescas y en esa costumbre que tenía de acercarse a nuestros hombros para susurrar sus secretos de pájaro. Cuando Boby se fue en 2018 dejó un silencio en la casa que no esperábamos, ese vacío peculiar que solo ocupan los seres que hacen parte de los rituales cotidianos, de las conversaciones casuales y de los rincones donde solían estar.
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