
Bobby fue nuestro despertador viviente durante once años, ese perro que saltaba a la cama cada mañana con una energía que nos obligaba a levantarnos aunque fuera domingo, y cuya ausencia en esos momentos dejó un silencio que todavía duele. Te acordabas de cada rincón de la casa como si los tuvieras mapeados en la cabeza, y sos el único que sabía dónde estábamos aunque estuviéramos en diferentes pisos, siempre presente en nuestras vidas sin necesidad de anunciarte. La casa quedó más grande cuando te fuiste, Bobby, y esa es la manera más honesta que tengo de decir que dejaste un hueco en el pecho que ningún otro latido llena como lo hacía el tuyo.
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