
Boby fue ese perro que nos despertaba cada mañana con sus saltos de alegría incontenible, que perseguía las sombras en el patio durante horas y que nunca se perdía la oportunidad de robar un pedazo de pan de la mesa cuando creía que no lo veíamos. Durante esos doce años nos enseñó que la felicidad podía encontrarse en las cosas más simples, como un paseo por la manzana, un juguete gastado o simplemente estar acostado a los pies de la cama mientras leíamos. La casa sigue sonando diferente sin sus pasos, sin ese ruido particular de sus uñas en las baldosas y sin esa mirada que pedía permiso antes de subirse al sillón, dejando un espacio que ningún otro momento volverá a llenar.
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