
Bóxer tenía ese don de aparecer justo cuando más lo necesitábamos, saltando al regazo con ese ronroneo inconfundible que parecía sanar cualquier tristeza de la casa. Pasaba horas observando por la ventana con una concentración que nos hacía reír, como si supervisara cada movimiento en la calle con la seriedad de un guardián invisible. Cuando se fue en 2022, dejó un silencio en esos rincones donde solía acurrucarse, un vacío que ningún rincón de la casa logró llenar de la misma manera.
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