
Bóxer fue ese perro que nos esperaba cada tarde en la puerta con la cola tan alta que parecía querer llevarse el día entero de alegría, y que insistía en dormir acurrucado entre nosotros sin importar cuántas veces lo bajáramos de la cama. Durante once años nos enseñó que la lealtad no se explica con palabras sino con esa forma que tenía de seguirnos de habitación en habitación, como si fuéramos el centro de su universo y no quisiera perderse ni un segundo de nuestra vida. Se fue dejando un silencio que todavía duele, ese lugar vacío en el sofá donde acostumbraba a apoyar su cabeza, y la costumbre que no logramos romper de preparar su comida aunque ya no esté para comerla.
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