
Bruno llegó a nuestras vidas en 2012 y durante diez años nos despertó cada mañana con sus ronroneos insistentes, reclamando su lugar en la cama como si fuera el dueño absoluto de la casa. Te gustaba seguirnos de cuarto en cuarto, observándonos desde las alturas con esa mirada curiosa que tenías, y siempre encontrabas la manera de meterte en nuestros momentos más tranquilos para hacerte parte de todo. Dejaste un silencio rarísimo en este hogar, el de tus pasos que ya no escuchamos en los pasillos de madrugada, y un vacio que ningún otro ronroneo podría llenar.
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