
Bruno fue nuestro pequeño cronometrista nocturno, ese ser inquieto que poblaba nuestras noches con el sonido de su rueda y sus aventuras por los túneles que construía con la paciencia de un ingeniero, dejándonos tardes enteras observando cómo armaba su mundo dentro de esa jaula que se transformaba en un imperio según su humor. Vos nos enseñaste sobre la gentileza en los detalles, en cómo una semilla de girasol ofrecida en la palma de la mano podía ser un acto de amor, y en esos doce años vimos cómo tu carita de bigotitos nos miraba con una confianza que nos hacía sentir responsables de algo sagrado. Se fue dejando un hueco rarísimo en la casa, ese silencio extraño cuando tu rueda no gira a las tres de la madrugada, y la certeza de que los días más simples, esos donde solo te dabas vuelta en tu nidito, fueron los
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