
Bruno fue nuestro perro desde 2009 hasta 2015 y en esos seis años nos enseñó a entender el amor sin palabras, con sus rituales de espera en la puerta cada vez que alguien salía de casa y esas formas suyas de pedir permiso antes de subirse a nuestras camas. Los paseos por el barrio eran su aventura favorita, donde saludaba a cada vecino como si fuera la primera vez, y nosotros aprendimos a ver el mundo a través de su curiosidad infinita por cada rincón, cada olor, cada sorpresa que la calle le regalaba. Cuando se fue dejó un vacío que ningún otro animal podría llenar, porque Bruno no era solo parte de nuestra rutina sino de nuestra forma de ser familia, y todavía hoy nos acordamos de él en esos momentos quietos cuando la casa se siente más grande de lo que era antes.
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