
Bruno fue ese perro que se despertaba con vos cada mañana y te seguía por toda la casa como si fueras lo más importante del mundo, esperando siempre el momento de salir a pasear aunque fuese solo cinco minutos a la esquina. Durante trece años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: en un juguete gastado, en echarse al sol de la tarde, en ese instante cuando escuchaba las llaves y sabía que alguien volvía a casa. La casa quedó diferente sin sus pasos, sin ese modo que tenía de pedir permiso antes de subirse al sofá, sin sus ojos que nos miraban con una paciencia que nos hacía mejores personas.
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