
Buba tenía la costumbre de esperar en la ventana cada tarde cuando volvíamos del trabajo, y cuando abríamos la puerta nos recibía con ese maullido particular que solo él sabía dar, como si nos contara todo lo que había hecho durante el día. Era de esos gatos que se metían en todos lados, curioseando en los rincones más raros de la casa y saltando a lugares imposibles, siempre buscando algo nuevo que investigar con esa inteligencia que lo caracterizaba. Desde que se fue en 2021, la casa quedó más silenciosa y los muebles vacíos donde él dormía nos duelen cada vez que los miramos, porque Buba dejó huellas de su presencia en cada rincón y en cada uno de nosotros.
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