
Buba tenía esa capacidad rara de saber exactamente cuándo necesitabas que se acerque a apoyar la cabeza en tu regazo, como si pudiera leer los días pesados antes de que los sintieras vos. Los paseos por el barrio eran su aventura sagrada, donde conocía a cada vecino por su nombre y exigía el saludo de rigor antes de seguir adelante con la dignidad de quien cumple una obligación social. Desde que se fue en 2019, la casa quedó con un silencio raro en las tardes, ese vacío que solo deja alguien que fue parte de los ritmos cotidianos, de las rutinas pequeñas que hacían que todo tuviera sentido.
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