
Canela fue siempre ese ser que nos esperaba en la puerta con la cola lista para celebrar hasta el regreso más breve, y que se acomodaba en nuestros pies mientras leíamos o mirábamos televisión como si fuera el lugar más importante del mundo. Tenía ese hábito hermoso de perseguirnos de cuarto en cuarto sin pedimos permiso, convencida de que donde estábamos nosotros tenía que estar ella, y nos enseñó sin palabras que la lealtad no es un concepto sino una forma de vida. Te llevás con vos esos dieciséis años en los que fuiste la ternura hecha cuerpo en casa, y aunque ya no estés aquí dejás un silencio que duele, ese espacio vacío en el sofá y en nuestros días que solo vos sabías llenar.
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