
Capi llegó a nuestras vidas en 2007 y durante diez años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: un rayo de sol en la tarde, nuestras manos acariciándolo y ese ronroneo que llenaba toda la casa de paz. Tenía la costumbre de esperarnos en la puerta cuando llegábamos, de dormir en el mismo lugar de la cama cada noche y de ronronear tan fuerte que a veces nos reíamos pensando que iba a explotar de tanto amor que guardaba adentro. Se fue en 2017 pero dejó un vacío tan grande en nuestro hogar que todavía miramos ese rincón donde dormía y no nos anima a poner nada en su lugar, porque ese espacio sigue siendo de Capi.
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