
Capi fue ese perro que se instalaba en nuestros pies mientras comíamos, con la cabeza apoyada en nuestras rodillas, esperando paciente cada migaja que cayera al piso, y vos sabés que nunca le negamos nada de eso. Tenía la costumbre de traerte la correa a cualquier hora del día, incluso cuando recién habíamos vuelto de pasear, como si cada salida fuera la primera vez que descubría el mundo afuera. En estos años desde que se fue notamos un silencio raro en la casa, ese sonido de sus patas sobre el piso que no vuelve a escucharse, y dejó un espacio que ningún otro perro podría llenar porque ese era el de Capi.
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