
Capi llegó a nuestra casa en 2009 y durante trece años fue el alma de cada mañana, ese ser que nos recibía con una alegría tan genuina que hacía que todos los problemas del día se esfumaran apenas cruzábamos la puerta. Tenía la costumbre de seguirnos de habitación en habitación como si fuera parte de nuestra sombra, y en las tardes nos buscaba para echarse a nuestros pies mientras leíamos o mirábamos televisión, regalándonos su compañía silenciosa pero omnipresente. Cuando Capi se fue en 2022, dejó un vacío en los rincones de la casa, en esas rutinas cotidianas que compartimos, y en el corazón de cada uno de nosotros que no sabemos cómo seguir sin sus ojos mirando los nuestros.
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