
Capi nos enseñó durante siete años que la felicidad estaba en las cosas simples: esperaba cada regreso a casa como si fuera la primera vez, se acurrucaba en nuestros pies cuando llovía y nos miraba con una ternura que desarmaba cualquier mal día. Tenía el hábito de traernos sus juguetes mojados apenas salía del patio, dejaba un silencio peculiar en la cocina cuando no estaba merodeando nuestros pies, y sabía exactamente a qué hora volvíamos del trabajo aunque nunca mirara el reloj. En 2018 se fue llevándose el sonido de sus pasos en los pasillos de casa, esa forma de respirar junto a nosotros en las noches, y la certeza de que alguien nos quería sin preguntar nada a cambio.
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