
China fue quien nos enseñó a entender los silencios, esos momentos donde se instalaba en la ventana a observar la calle y nosotros simplemente nos quedábamos ahí, en paz, sin necesidad de palabras. Te acostumbraste a ronronear en nuestro regazo justo cuando más lo necesitábamos, como si supieras exactamente cuándo alguien estaba triste o cansado y vinieras a recordarnos que estabas ahí. Once años con vos dejaron un hueco que no se llena, esa costumbre de buscarte en los rincones de la casa y no encontrarte, que duele todos los días pero también nos deja el regalo de haber sido tu familia.
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