
China fue ese ser que nos esperaba cada tarde en la puerta con su forma particular de ronronear, como si tuviera algo urgente que contarnos del día que había pasado en la casa. Durante ocho años nos enseñó que la felicidad podía estar en las cosas más simples, como acurrucarse en el rincón exacto del sofá donde el sol pegaba justo a las tres de la tarde. El silencio que dejó en esos lugares donde vos sabías que ella estaría nos hizo entender cuánto había tejido su presencia en cada rincón de nuestras vidas cotidianas.
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