
China fue ese gato que se dormía en nuestro regazo cada vez que nos sentábamos en el sofá, ronroneando como motor de auto viejo mientras nosotros veíamos televisión sin poder movernos durante horas. Con catorce años de vida compartida, nos enseñó que la paciencia y la calma son lo más valioso, porque así era él todos los días, observándonos desde su rincón favorito de la casa con esa sabiduría que solo los gatos viejos tienen. Ahora cada mañana buscamos su silueta en la ventana donde le gustaba tomar sol y nos duele ese silencio donde antes sonaba su ronroneo, ese vacío que dejó en la rutina diaria que durante catorce años fue nuestra.
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