
China fue ese gato que se dormía en nuestro regazo mientras mirábamos televisión y nos despertaba cada mañana arañando la puerta del dormitorio con la urgencia de alguien que tenía cosas importantes que hacer. Te gustaba trepar a los lugares más altos de la casa y desde allí observarnos con esa mirada de superioridad felina, como si supieras exactamente qué estábamos pensando y encontraras todo un poco absurdo. En estos cinco años que compartimos, nos enseñaste que el amor no necesita grandes gestos, solo esa rutina de rozarse contra nuestras piernas y ese ronroneo que ahora extrañamos en el silencio de la casa.
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