
China llegó a nuestras vidas en 2014 y durante siete años nos despertó cada mañana con ese entusiasmo particular de quien creía que ese día iba a ser el mejor de todos, saltando en la cama y ladrando como si tuviera noticias urgentes que compartir. Te reconocíamos por tus costumbres irrepetibles: esperabas en la puerta cada vez que alguien se iba y recibías con la misma alegría tanto al que volvía a los cinco minutos como al que se había ido semanas, sin guardar rencor nunca. El silencio de tu ausencia nos enseñó que no era la perfección lo que nos faltaba, sino esos pequeños gestos que hacías sin pensar, esos ronquidos en la siesta, ese modo tuyo de apoyar la cabeza en nuestras rodillas cuando algo andaba mal y vos ya lo sabías.
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