
Chispa tenía la costumbre de esperarnos cada tarde en el balcón, ronroneando apenas nos veía llegar, como si hubiera contado cada minuto de nuestra ausencia durante el día. Lo que más nos hacía reír era verlo perseguir su propia cola en las tardes de lluvia, saltando de un lado al otro del living con esa seriedad que solo él podía poner en las cosas que amaba. Desde 2018 la casa tiene un silencio distinto, ese que se siente en los rincones donde solía dormir y en las noches cuando nadie está ahí para pedirle que baje del escritorio.
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