
Chispa fue ese perro que se despertaba cada mañana con la cola meneando antes que nosotros abriéramos los ojos, y que insistía en acompañarnos hasta la puerta aunque fuera solo para ir a buscar el pan. Durante esos seis años que compartimos, aprendimos que su forma de entender el amor era quedarse quieto a nuestros pies mientras leíamos o veíamos televisión, como si su trabajo fuera cuidarnos desde el silencio. Cuando se fue dejó un vacío en esos lugares de la casa donde solía esperar, en esos horarios donde ya no sentimos sus pasos, y en nuestro pecho la certeza de que un corazón tan leal no se olvida.
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