
Choco tenía ese don especial de saber exactamente cuándo necesitábamos una cabeza apoyada en la rodilla o una lengüeta en la cara, como si fuera capaz de leer nuestros peores días antes de que nosotros mismos nos diéramos cuenta. Sus tardes de juego en el patio, ese ritual sagrado donde perseguía lo que le tirábamos con una felicidad tan desbordante que parecía imposible que algo así de puro existiera, fueron los momentos que ahora extrañamos con una intensidad que duele. Desde que se fue en 2022, la casa quedó muda en las horas en que él solía recorrer cada rincón buscando algo que hacer, y esos silencios nos recordaron que el verdadero lujo fue tenerlo respirando bajo el mismo techo durante todos estos años.
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