
Choco fue ese perro que te esperaba cada tarde en la puerta con una energía que hacía que cualquier mal día se disolviera apenas lo veías mover la cola, y que insistía en dormir acurrucado en los pies de la cama aunque fuera verano y muriera de calor. Tenía esa costumbre de robar medias limpias de la canasta y esconderlas en rincones de la casa como si guardara tesoros, y cuando lo descubrías en la travesura miraba con esos ojitos que hacían imposible enojarse. Se fue dejando un silencio extraño en la casa, ese tipo de vacío que notás cada vez que abrís la puerta esperando escuchar sus pasos, y que te hace darte cuenta de cuánto había llenado de presencia cada rincón de nuestras vidas durante estos seis años.
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