
Choco llegó a nuestras vidas en 2005 y durante catorce años fue el alma de cada mañana, ese ser que nos recibía con la misma alegría sin importar si habíamos estado fuera una hora o un minuto, y cuya energía contagiosa nos enseñó a valorar los momentos simples. Tenía sus rituales propios que se convirtieron en nuestros rituales: las caminatas al atardecer donde exploraba cada rincón como si fuera la primera vez, su manera particular de pedir permiso antes de subirse al sofá y esas noches en que se acostaba entre nosotros sin necesidad de invitación, sabiendo exactamente dónde hacía falta su presencia. Cuando Choco se fue en 2019, dejó un vacío que no es dolor sino ternura, porque cada huella que marcó en nuestro hogar, cada costumbre que organizó nuestros días y cada mirada cómplice que compartimos con él sigue v
Sé el primero en dejar un mensaje