
Choco tenía esa capacidad de saber exactamente cuándo necesitábamos su presencia, como si pudiera leer nuestros días grises y se ofreciera a compartirlos con ese entusiasmo que lo caracterizaba cada vez que nos veía llegar a casa. Sus tardes en el patio eran un ritual que estructuraba nuestros días, persiguiendo mariposas con una paciencia infinita y durmiendo después bajo el mismo árbol, esos momentos que ahora extrañamos con una intensidad que no esperábamos. El silencio que dejó Choco en 2024 nos enseñó que los seres que amamos no se miden por el tiempo que están con nosotros sino por cómo consiguen ocupar un espacio tan profundo que su ausencia resuena en cada rincón de la casa.
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