
Choco llegó a nuestras vidas en 2011 y durante catorce años fue ese ser que nos esperaba en la puerta cada vez que volvíamos, que dormía en los pies de nuestras camas y que nos enseñó a estar presentes en los momentos simples, en los paseos sin apuro y en las tardes de silencio compartido. Tenía una manera única de pedir perdón cuando hacía algo mal, inclinaba la cabeza y nos miraba con una ternura que nos hacía reír, y así nos sacaba del enojo, enseñándonos algo que nunca olvidaremos sobre la dignidad y la humildad. El hueco que dejó Choco en esta casa es del tamaño de su corazón, ese espacio donde se sentaba en el sofá con nosotros, donde sus pasos resonaban en el pasillo y donde seguimos escuchando, en los silencios, el sonido de su respiración tranquila.
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