
Choco fue quince años de saltos a la puerta cuando escuchaba nuestros pasos, de esas mañanas donde nos despertaba con la nariz fría pidiendo que saliéramos a caminar sin importar el clima. Tenía ese don de saber exactamente cuándo uno estaba triste y se echaba a nuestro lado sin pedir nada, solo su peso cálido y su respiración tranquila que decía más que cualquier palabra. Se fue dejando un silencio raro en la casa, ese lugar donde ya nadie nos espera con tanta alegría desinteresada, y nos quedó la certeza de que compartimos vida con alguien que nos amó todos los días sin condiciones.
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