
Choco tenía el ritual de acercarse a la puerta de su terrario cada vez que escuchaba nuestros pasos, como si supiera exactamente cuándo íbamos a visitarlo y quisiera estar cerca. Nos enseñó sin prisa la lección de que la vida se vive en los detalles pequeños, en cada exploración lenta por el jardín y en esos momentos donde simplemente estaba ahí, tranquilo, haciéndonos compañía. Desde que nos dejó en 2018, la casa guarda ese silencio particular que dejan las presencias queridas, y seguimos buscándolo en los rincones donde solía descansar bajo el sol.
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