
Cleo fue esa presencia tranquila que nos recibía cada tarde en el sillón de la cocina, ronroneando mientras nos contaba con maullidos su día entero como si fuera lo más importante del mundo. Vos sabés cómo era: se metía en las bolsas de compras, dormía en los lugares más incómodos posibles y tenía ese ritual de frotarse contra nuestras piernas exactamente a la misma hora todas las noches. En estos diez años dejaste un vacío que no se llena, porque la casa ahora está demasiado silenciosa y extrañamos esa forma tuya de estar sin necesidad de estar en el centro de nada.
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