
Cleo fue siete años de alegrías cotidianas, de esas tardes en que nos esperaba en la puerta con su forma particular de saltarnos encima y de robar medialunas de la mesa cuando creía que no mirábamos. Tenía el hábito de acomodarse exactamente en el mismo rincón del living después de comer, como si fuera su trono personal, y desde ahí nos observaba con esa mirada que combinaba travesura y ternura. Desde que Cleo se fue dejó un silencio raro en casa, ese vacío que notamos cada mañana en la cocina y en las noches cuando falta alguien para repartirse el sofá.
Sé el primero en dejar un mensaje