
Cleo fue quien nos enseñó que la felicidad verdadera estaba en las cosas más simples: una puerta que se abría, una mano que la acariciaba, esos paseos por la cuadra donde todos la saludaban como si fuera parte del barrio. Vos eras la que nos esperaba en la ventana cada tarde, la que se acurrucaba en nuestro regazo cuando notabas que algo andaba mal, la que con tu presencia silenciosa hizo que nuestra casa fuera de verdad un hogar durante catorce años. Ahora queda ese espacio vacío en el sofá y esos rincones de la casa que siguen sintiendo tu falta, porque no hay tiempo suficiente para que se llene lo que dejaste cuando te fuiste.
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