
Coco fue el alma de nuestra casa durante seis años, esa gata que se acostaba en nuestro regazo cada vez que se sentía una tristeza flotando en el aire, como si supiera exactamente cuándo necesitábamos su calor. Te acordás de cómo maullaba al atardecer pidiendo que le abriéramos la ventana, y cómo volvía horas después para ronronear en la cocina mientras preparábamos la cena, como si fuera parte de nuestro ritual más importante. Desde que no estás el silencio es distinto, y hay rincones de la casa que extrañan tu presencia, esos lugares donde vos hacías tuyo cada espacio con esa forma tan particular que tenías de existir entre nosotros.
Sé el primero en dejar un mensaje