
Coco fue quince años de alegrías cotidianas, esos momentos donde te esperaba en la puerta con toda su energía, donde sus paseos por el barrio se convertían en encuentros con vecinos que preguntaban por él como si fuera parte de la cuadra. Tenía la costumbre de acurrucarse en el sillón favorito de la casa justo cuando alguien se sentaba, como si supiera exactamente dónde necesitábamos su presencia, y sos consciente ahora de cuántas tardes grises se iluminaron con ese simple gesto. Se fue dejando un silencio que no esperábamos, ese vacío en los rincones de casa donde solía estar, en las rutinas que giraban alrededor suyo, en los abrazos que ya no vamos a poder darle pero que seguimos sintiendo que merecería recibir.
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